domingo, 19 de mayo de 2013

CAUTIVA


Prefacio
ASTRAEA

Hacía años que no veía aquel edificio, la desgastada fachada, los amplios jardines, ni respiraba aquel enviciado aire cargado de dolor, sufrimiento, ira. En definitiva continuaba siendo tan lúgubre como entonces. Pero era mi casa, el único lugar al que podía regresar y ser yo misma.
Había vivido en aquel lugar desde los once años, desde que mis padres decidieron ponerme a cargo de la directora. Quizás lo hicieron para protegerme, porque por aquella época todo era un caos, y no les reprocho nada, intentaron protegerme, pero después perdí todo contacto, ni una llamada, ni una carta, nada, lo que me hizo pensar que se habían olvidado de mí. Mi hermana no tuvo tanta suerte como yo, ella era solo una niña cuando nos separamos. Dijeron que su vida era demasiado valiosa y que, dado que no sabían por cuánto tiempo se alargaría la revuelta, debían enviarla a un lugar seguro. Fue duro, pero después de un tiempo me di cuenta que nuestros padres estaban haciendo lo correcto. Aún así, me faltaba su presencia, aquellas noches en vela observando las estrellas desde el patio. Toda mi alegría se fue con ella.
Durante mi primer mes en la Academia, las cosas fueron bastante bien. Los entrenamientos eran duros, pero se compensaban con las tardes de diversión con mis amigos viendo la televisión, contando historias de miedo, riéndonos de cosas absurdas. Hasta que algo hizo cambiar a la directora. De repente nos encontramos con que los entrenamientos se intensificaron, resultando insoportables, nuestras horas de ocio se redujeron al mínimo, y nuestra libertad fue suprimida. Los estudiantes de otros cursos no se juntaban para nada, teniendo unos horarios bien definidos para cada uno. Incluso los guardias que debían velar por nosotros se convirtieron en nuestros enemigos y las habilidades propias de nuestra raza se emplearon para confinarnos en aquel lugar, sin posibilidad de escapar. No fue hasta varios meses más tarde que entendí que toda la libertad que nos habían dado no era más que una fachada, nos habían hecho creer algo que en realidad no era, porque la realidad era que desde que la directora se había hecho cargo del lugar, había estado usándonos para su propio beneficio. Todo mi mundo quedó entonces hecho pedazos, mi orgullo quedó relegado a una sombra de lo que fue y, puesto que no tenía otro lugar al que volver, no tuve más remedio que adaptarme. Hasta el día que, cansada de soportar todos aquellos abusos, decidí irme de allí.
No me fue difícil con mis habilidades atravesar la barrera que había puesto la directora, y para cuando se quisieron dar cuenta de mi huida, yo ya estaba demasiado lejos. Gracias al profesor Dormak y a su investigación, tenía una oportunidad de vivir entre los humanos. La pulsera que me había dado impediría que los guardias me encontrasen y que los humanos se dieran cuenta de lo diferente que era de ellos. Pasé varios meses sin rumbo fijo, aprovechándome de la amabilidad de los humanos, hasta que mi amor propio me impidió seguir haciéndolo. Fue entonces, por una de las casualidades de la vida, que encontré un folleto de presentación de la escuela de medicina y, tras sopesarlo detenidamente, decidí matricularme. Tiempo después conocí a Freya. Ella también había huido de casa y ambas nos hicimos amigas de inmediato. Nos sentíamos bien juntas, nos complementábamos, por decirlo así, pero algo en mi interior me reconcomía, el no poderle decir a mi mejor amiga quién era en realidad. Pasamos muy buenos ratos juntas, en clases, durante las fiestas que organizaban los estudiantes de cursos superiores, pero de un tiempo a otro, todas aquellas personas que me rodeaban, exceptuando a Freya, empezaron a mirarme de forma diferente, ya no se dirigían a mí del mismo modo, ni me trataban de igual manera, sino que tenían una actitud cautelosa para conmigo. Ya no había nada que hacer, se habían empezado a dar cuenta de cuán diferente era respecto a ellos. Durante un tiempo lo ignoré, me centré únicamente en mi amistad con Freya, la única que me trataba con normalidad, hasta que yo misma empecé a notar cosas extrañas. Y luego, todo cambió. Mi tiempo de libertad llegó a su fin. Habían dado conmigo para llevarme de vuelta. O eso pensaba, hasta que nuestros perseguidores fueron a por Freya. Ahí fue cuando supe a ciencia cierta que ella era como yo, y que había huido del mismo lugar. Al final, a pesar de que lo intentamos, fuimos llevadas de regreso a Phoenix. A las afueras se erigía el edificio de la academia, el lugar al que iba a regresar por voluntad propia. Si estaba con Freya todo estaría bien, pero me equivoqué. Dominic, el guardián que nos había encontrado, desobedeciendo todas las normas, decidió dejarla libre, permitiéndole seguir llevando una vida normal. Y de este modo, regresé yo sola a la academia.
La puerta principal del edificio se abrió de golpe. Al principio no la reconocí, pero tras ver su arrogante expresión y cómo curvaba los labios en una sonrisa, lo supe. La mujer que tenía ante mí no era otra sino la directora, mi madre a efectos prácticos. Se cruzó de brazos y me estuvo observando durante un rato más. No tenía ni la más mínima idea de lo que estaba pensando pero, conociéndola bien, no sería nada bueno. A lo lejos, el crujido de una rama me sorprendió, aunque traté de verme indiferente. Era imposible que se tratase de Freya, pero aún así guardaba la esperanza de que fuera ella. A juzgar por la expresión de Dominic, él también pensaba lo mismo.
La directora se hizo a un lado y Dominic me empujó hacia el interior, cerrando la puerta a nuestro paso. De inmediato, varios guardias me rodearon y fui conducida al despacho de la directora.
-Bien hecho, señor Ashford.- Escupió la directora con desdén. Dominic desvió la mirada. Tenía un semblante demasiado serio para alguien que estaba siendo alabado por su trabajo.- Bien, Raisa, ¿te alegras de estar en casa?- Me preguntó con una pérfida sonrisa enmarcada en sus labios. No respondí.- Ya veo que sí, aunque… sabes que tus acciones no pueden quedar sin castigo, ¿verdad?
-Yo no he hecho nada malo.- Repliqué. Los ojos de la directora se abrieron de par en par, sorprendida.
-Desobedeciste las normas, y para mí es más que suficiente.- Soltó.- Señor Ashford, espere fuera con ella mientras decido qué hacer con ella.
Los dos guardias que habían entrado con nosotros nos obligaron a salir de la estancia. Mi corazón latía deprisa, desacompasado. La mirada de la directora daba verdadero miedo y, realmente, temía por mi futuro. Los guardias se habían retirado, para darnos a Dominic y a mí un poco de espacio, pero sabía que nos vigilaban y que si se me ocurría hacer cualquier clase de movimiento sospechoso me capturarían, y el castigo sería mucho peor. Me apoyé contra la pared y me dejé caer, hasta quedar sentada en el frío suelo. Dominic se acuclilló frente a mí. En su mano sostenía un papel y un lapicero.
-Ten, despídete de ella.- Me ofreció. Cogí el papel y el lapicero, preguntándome por qué alguien que estaba a las órdenes de la directora era tan amable conmigo.
-¿Qué me va a ocurrir?- Pregunté y, aunque no esperaba respuesta Dominic negó con la cabeza. Fuera lo que fuera lo que tenía pensado para mí la directora, no volvería a ver a Freya en mucho tiempo.
Me retiré las lágrimas que escapaban de mis ojos y empecé a escribir:
Querida Freya:
Como te prometí, hay cosas que debo explicarte. Ante nada decirte que sí, es cierto que mi madre es la directora, la que te ha hecho tanto daño todo el tiempo que estuviste aquí. Solo decirte que lo lamento mucho y que uno no puede elegir a sus padres. Espero que algún día puedas perdonarme. Segundo, quiero decirte que guardaré con tesón todos los recuerdos que compartí contigo. Eres mi mejor amiga y por muy mal que me lo hagan pasar de ahora en adelante, jamás lo olvidaré. Te estarás preguntando por qué he decidido regresar, ja, como si lo estuviera viendo. Puede que no lo entiendas, pero ya estaba cansada de convivir con los humanos. Al principio fue bien, pero con el tiempo sentí su rechazo. Además, no me agradaba demasiado la idea de fingir ser quien no soy. Yo puedo entender tu postura de querer tener una vida normal, de verdad que puedo, pero te pido que jamás olvides quién eres en realidad. Puede que eso sea lo único que tengas y a lo que puedas aferrarte para sobrevivir. Mientras te escribo estas líneas, mi madre está decidiendo mi destino y puede que no nos volvamos a ver, aunque espero que no sea así. Puede que, donde sea que me manden, pueda descubrir algo sobre mi hermana. Sí, tengo una hermana. Es algo que no te había dicho nunca, pero me resultaba demasiado doloroso hablar de ella. Deséame suerte, yo te la desearé siempre. Te prometo que volveremos a estar juntas… Algún día. Si por alguna casualidad de la vida te vuelves a encontrar con Antoine, dile que lo amo y que tardaré un poco más de lo planeado en reunirme con él. Pídele que me espere, por favor. Yo lo atesoraré en mi corazón hasta que podamos volver a estar juntos. Adiós mi amiga.
Astraea Luna
Dejé el lapicero en el suelo y volví a releer la carta. De nuevo, varias lágrimas afloraron de mis ojos, sin descanso. Sabía que despedirme de ella como era debido era lo único que podía hacer, pero era lo más doloroso que había tenido que hacer nunca. Doblé el papel, lo metí en el sobre que me ofreció y se lo entregué a Dominic.
-¿Se la entregarás cuando la veas?- Le pedí. Dominic asintió.
Y en ese momento se abrió la puerta. Mi destino estaba decidido.

3 comentarios:

  1. YA estamos empezando a ponerle los dientes largos a la peña??? Te voy a dar hasta en el peluquín!!!!!!
    Besos Petarda!!!!
    jajajajajaja, la loca de tu amiga de Denia!!!!

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  2. Jajajaj y eso que solo es el principio. Lo que viene va a ser aún mejor :) Gracias por el nuevo look petarda!! Un besote!!

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  3. alguien sabe donde puedo conseguir el tercer libro CAUTIVA, gracias

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